De

Soy Tali.

Durante años supe hacer que las cosas funcionaran. Podía resolver problemas complejos, lograr lo que me proponía y seguir adelante.

Lo que no sabía era escucharme.

El camino para aprender a escucharme me llevó por la ingeniería, la fotografía, la Técnica Alexander y el coaching. Hoy veo que siempre estuve investigando lo mismo: la atención.

Fui cambiando de lente: la resonancia magnética, la cámara, las manos, la conversación.

Con el tiempo descubrí que la atención no sólo cambia lo que vemos. Cambia la relación que tenemos con lo que vivimos.

En el coaching acompaño a personas que sienten que la vida les está haciendo una pregunta para la que todavía no tienen respuesta. Un trabajo que dejó de tener sentido. Una decisión que espera hace años. La sensación de estar viviendo una vida que funciona pero no termina de sentirse propia. Construimos la capacidad de estar con la incertidumbre, con los miedos y con los deseos, y la confianza para dar un paso antes de que haya claridad.

En la Técnica Alexander —adonde llegué por un dolor de espalda— exploramos cómo soltar esfuerzos innecesarios. Me quedé porque descubrí una libertad que iba mucho más allá del cuerpo.

Y en la fotografía hago imágenes por encargo, además de acompañar a quienes quieren desarrollar una mirada más atenta, más curiosa y más propia.

Las tres son, para mí, distintos lenguajes para volver, una y otra vez, a la atención.

De mi recorrido

Empecé estudiando ingeniería en computación, un poco por descarte y otro poco por mi pasión por resolver problemas.

La escuela y el liceo no me ayudaron a saber qué quería hacer con mi vida. Suponía que sería útil saber mucho de computadoras (agradezco a mi joven yo, porque tenía razón).

En esa época tenía mucha energía y quería cambiar el mundo. Eso me llevó a la ingeniería biomédica. Trabajé con imágenes médicas y resonancia magnética, especializándome en la rodilla.

Hacía fotos de las personas por adentro.

Más o menos se veían así:

knee MRI

Pero yo todavía no sabía mirar hacia adentro.

Desde fuera, mi vida parecía un éxito. Adentro me costaba cada vez más reconocerme en lo que hacía. Algo en mí me pedía otro camino.

En 2004 viajé a Japón para presentar mi trabajo de maestría. Llevé una cámara digital de tres megapíxeles (la fotografía digital recién empezaba y los celulares sólo servían para hablar). Con esa cámara registré varias escenas, como esta:

Hombres de negocios con traje oscuro sentados en un tren, algunos con bolsos de mano, otros usando teléfonos móviles, todos con expresión seria y durmiendo, en vagón del metro.

Tenía veinticinco años y la fotografía nunca me había interesado. Por primera vez en mucho tiempo, estaba mirando sin intentar resolver nada. Me enamoré del universo de las imágenes y no dejé nunca más de sacar fotos.

Durante muchos años trabajé en publicidad, adaptando el mundo a mi mirada y a la de mis clientes, creando mundos fantásticos de todo tipo. Esta foto la hice para un juego de Facebook que consistía en buscar objetos ocultos dentro de una escena.

¿Encontraste al elefante?

Una sala decorada en estilo vintage con muebles y objetos de porcelana, tazas de té, pastelitos, cupcakes con glaseado rosa, un telón de fondo con ventanas grandes y un ambiente coqueto y ecléctico.

Después de muchos años construyendo escenas para producciones, empecé a necesitar salir a buscar imágenes en lugares donde no hubiera nada que controlar. La realidad me proponía que la aceptara tal cual es.

Cuando por fin pude elegir qué fotografiar, descubrí que no sabía qué quería. Hacer lo que otro te pide es mucho más fácil.

Encontré en la naturaleza el refugio para esa transición. De ahí nació un proyecto personal, “Baño de Bosque”, que se volvió un portal: una manera nueva de ver y de entender el mundo.

Bosque denso con vegetación verde y árboles altos, en un ambiente sombrío y misterioso.

Deambular entre árboles me regaló tiempo. Exploré sin dirección, me permití fotografiar de muchas formas, y muchos días simplemente estuve ahí, haciendo nada. El escenario fue el Arboretum Lussich. Ahí recolecté hojas y flores que guardé en un cuaderno, e hice un libro-herbario.

Las fotos, por la manera en que están impresas, parecen despegarse de las páginas.

Un libro abierto con una hoja en blanco a la izquierda y una flor seca en la página de la derecha, sobre una superficie de madera blanca.

Organicé eventos de meditación y música, e invité a otras personas a compartir el bosque conmigo.

Una vez vinieron más de cuatrocientas.

Grupo de personas participando en una ceremonia o meditación en un bosque, algunos con postura de meditación y otros de pie, rodeados de árboles y vegetación.

Esas caminatas, cargada de equipo fotográfico y con una escoliosis a cuestas, me dejaron fuertes dolores de espalda. Esa fue la puerta por la que la Técnica Alexander llegó a mi vida.

Empecé buscando corregir mi postura. Terminé descubriendo que se trataba de dejar de reaccionar. Esta práctica enseña a hacer una pausa antes de actuar. Una pausa para elegir cómo responder.

Esas pausas me dieron la oportunidad de reconocer patrones de pensamiento y de contactar más con mis sentimientos y necesidades.

Ahí empecé a notar que había vivido mucho tiempo en la cabeza y muy poco en el cuerpo. Racionalizaba lo que sentía y usaba poquísima información de lo que me pasaba físicamente para saber dónde estaba parada o qué decidir. Eso me había dejado en una inseguridad y una confusión interna inmensas.

Mi mente de ingeniera aún miraba el mundo como un problema a resolver. Intenté resolver la ansiedad, disipar la tensión, entender los vínculos, encender la creatividad. Era una forma de pensar increíblemente útil, excepto cuando la usaba conmigo.

La solución siempre era pensar más, buscar más, arreglar más.

En algún momento apareció otra pregunta, una a la que no se llega pensando:

¿y si no hay nada que arreglar?

Esa pregunta me fue llevando a confiar en que la vida ya se está desplegando, y en que lo que ya somos necesita más compañía que arreglo.

Mirando hacia atrás, entendí que el verdadero cambio no fue de profesión. Fue pasar de intentar controlar la vida a aprender a relacionarme con ella.

Ese cambio se dio mientras me formaba como coach en Aletheia, donde aprendí que no hace falta tener un plan de rescate. También tomo cursos con Art of Accomplishment. Y como todo en este recorrido, primero lo viví en mí: tuve muchas sesiones donde experimenté lo que se abre cuando el enfoque es conectar y no corregir.

Ahora, además de hacer fotos, doy charlas y enseño estas herramientas, de forma individual o grupal, en español y en inglés.

Vivo entre Uruguay y Alemania, todavía aprendiendo a hacer lugar para todas estas partes de mí en una sola vida.

Si algo de esto te resuena, escribime. Empezamos por una conversación, sin más plan que conocernos.

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